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lunes, 10 de agosto de 2015

Magia




La Magia. Todo aquello que no sabemos explicar. Cosas que pasan irremediablemente. Promesas que se rompen una y otra vez, sin que el motivo que se te ocurre lo encuentres suficiente. Casualidades provocadas ¿por qué, por quién? Casualidades tan perfectas, rocambolescas y rebuscadas que dejan de tener sentido dentro de la acepción de "casualidad". Nos obligamos a querer entender lo que no tiene explicación, o al menos no una explicación que se ajuste a nuestro actual patrón mental. Y eso nos desespera. Nos valemos de las verdades casi absolutas a las que llegamos nosotros solos para construir nuestro espacio vital, esa pequeña parcela segura e inamovible que nos mantiene cuerdos aquí abajo. Sin embargo cuando aparece, los cimientos de todo en lo que creías y sobre lo que reposa todo lo que eres, tiemblan. Tiemblan para demostrarte que nada es absoluto, que todo cambia y, lo que más miedo da descubrir, que uno mismo también cambia. Que todo lo que creías ser, todo lo custodiado, todos los jardines que amurallaste, todas las verdades absolutas defendidas con la palabra más sincera del mundo, del universo tal vez, pueden cambiar. Y cuando eres consciente de la capacidad que tiene tu mente para ser tan elástica, rápida, extravagante, loca y cuerda, ambas a la vez, según la mano que la estira resulta, cuanto menos, doloroso y asombroso pero por encima de todo: insultantemente increíble. Eso es magia. Sin varitas ni Harrys ni cosas que levitan. Pero sí con algo que desafía a las leyes de la lógica, a lo razonable. Algo que escapa a ti, a mí, a todos. Algo cambiante que se mueve entre nuestro espacio vital y el resto. Y cuando lo aceptas por fin, cuando dejas de luchar por cambiarle el nombre, sólo queda...Magia. Sólo Magia.

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