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lunes, 21 de septiembre de 2015

Las cosas pasan


Las cosas pasan. Pasan irremediablemente. Como si el destino conspirara con la casualidad trabajando a sus órdenes disponiendo cada objeto, cada persona, cada situación, para que no puedas escapar de él. Como si se tratara de una verdad absoluta, que hagas lo que hagas siempre llegarás al mismo sitio. Sentir que escapas al control y vagas al son de los caprichos de los astros con la inseguridad pegada a tus chanclas es odio puro. Con la sensación del que se asoma al universo desde un cohete y se aferra con la fuerza que ya no tiene para no dejarse caer al vacío. Y cuando mira a ese vacío inmenso que se viste como si fuera un traje, por las mañanas, por las tardes, por las noches...le devuelve una mirada indefinida y una sonrisa torcida, que no le da respuestas, que no le da las fuerzas suficientes para dejarse caer hasta el final ni tampoco para dejar de seguir haciéndolo.  


miércoles, 21 de enero de 2015

En busca de la felicidad


Así me encuentro. Descubriendo los secretos de la vida predicados por nuestros padres, abuelos, y bisabuelos. Lo esencial, tan evidente a sus ojos, y tan lejano a los míos y mis pretensiones, que siento la vergüenza del que ha tenido una montaña delante y ha sido incapaz de verla. Y en el trayecto de la búsqueda constante de lo que significa ser feliz no me di cuenta, ¡ciega de mí! que la respuesta ya estaba escrita por nuestros ancestros mucho antes de que ni siquiera ellos nacieran. Que era tan sencilla e insultantemente obvia, que he tenido que darle la mano con la cabeza gacha, con rubor en las mejillas pues no estaba en las montañas, ni en los mares, ni encerrada bajo llave. No estaba encriptada ni codificada. No formaba parte de ningún secreto de Estado. Era llana y simple. Tan terriblemente poética y abrumadora como efímera. Te la encuentras haciendo la compra, en el sofá, en el coche o en el trabajo. Dura unos segundos, unos instantes deliciosos que te retuercen las entrañas y luego, se va. Pero no la busques porque no estará allí. Ni en la compra, ni el sofá, ni el coche o el trabajo. Es como aquella palabra que se te queda en los labios y piensas y piensas y buscas y no se pronuncia. Y mientras cocinas, espumadera en mano, de repente estalla y escapa por una rendija con la fuerza de un ciclón.

Microrelatos

Los gemelos

Eran un par de gemelos. Uno se distinguía del otro por el agujero que tenía en una extremidad. Habían pasado toda la vida en una casa humilde. Pero ahora ya no se diferenciaban. Así que acabaron en la basura de una gran ciudad. Echaban de menos a sus dueños aunque los nuevos les dieron la oportunidad de andar la calle por primera vez. Por fin eran unos calcetines libres.

La escopeta


La escopeta me apunta a la cara. Yo se la he puesto en las manos. Yo la he cargado. Noto el líquido bajar por mis piernas. Hoy no tengo miedo. Supongo que el cuerpo lo hace por costumbre. Me insulta. Nada nuevo. El mismo "zorra" aburrido de siempre. No es un hombre original. Pensar, lo que se dice pensar, no piensa. No puedo decir que discutimos porque lo hace él sólo. Le tiembla el pulso ¡qué gracioso! Vamos dispara, valiente. No lo hace. Hoy se va a rajar, faltaría más. Le sonrío. Tengo el poder. Puede olerlo. Lo oye. Ira. Más ira. Rabia. Más rabia. Dispara y...boom. Su cabeza a merced del viento. Si es que pensar, lo que se dice pensar, no pensaba.

Un perro corriente


Soy un perro corriente. Ladro, meo en las esquinas, huelo culos, muerdo zapatillas, lo normal. Mi dueño me saca a pasear a las siete la mañana. Creo que más que hacerlo por mis necesidades básicas lo hace por ese cigarrito furtivo que se fuma. No me molesta la hora. Madrugo porque me gusta el olor a café y tostadas. Las orejas se me ponen de punta. Ahora caen gotas. No me gusta cuando llueve. Se me humedecen las almohadillas y me da la artrosis. Pero mi dueña pasa de poner periódicos por la casa. No meo en ellos aunque ganas me dan. Las noticias que leo son un asco. La infanta se libra. La pantoja no. Y el yonqui del barrio cumple condena cinco años por escupir al alcalde. A mí me gustan las páginas de contactos. Esas sí que me entusiasman. Perritas calientes. Guau. Se me ponen los pelos como escarpias. Damos otra vuelta. El pienso nuevo del Mercadona me extriñe. Subimos a casa. Parece que lo intentaré más tarde. Mis dueños se cruzan en el pasillo. No se miran. Ya no tienen nada que decirse. Por fin en la alfombra. A dormir hasta las tres. Me despierto con la boca seca. Me acerco al bol, hay pelos flotando ¡Qué asco! Bebo deprisa, no quiero verlo. No hay pienso. Giro la cabeza a ver si mi dueña se compadece. No lo hace. Me acerco y me tumbo a sus pies. Se levanta y coge la correa. Lo que quiero es comer. Le pongo cara de pena. No lo entiende. Se pone los zapatos y a la calle. Parece que vamos al parque. Ahora sí que estoy contento. ¡Dichoso rabo delator! Llegamos y se enciende un cigarro. Vaya, otra furtiva. Hay dos chihuahuas y una caniche. Una caniche de pelo largo, blanco y sedoso. Es perfecta. Me hago el interesante y no me acerco. A los diez minutos la tengo encima olisqueando. Es preciosa. Jugamos un rato. Su dueño la llama y se va sin despedirse. Me he enamorado.

Nosotros también nos vamos a casa. Yo otra vez a la alfombra. Me quedo dormido. Me despierta un cosquilleo. Abro un ojo. Me pica la oreja. Me pica el lomo. Me pica todo. No paro de rascarme y mi dueña me inspecciona. Parece que ha encontrado algo.
—Manolo, Diós mío, ven aquí.
—¿Qué pasa, Antonia?
—Mira. Mira, Manolo. Le esta creciendo algo ahí. Ahí al lado de la pata.
—Antonia pero si es una...m...
—Mano. Es una mano.
Tanto escándalo por una mano. Yo creía que tenía pulgas. Ellos tienen manos y yo no chillo. Me llevan al veterinario que confirma estupefacto que, verdaderamente, es una mano. Tengo cinco dedos brotando al  lado de la pata.

Hoy he pasado la noche inquieto. Me picaba la mano y no he parado de mover los dedos. Parece que han crecido más. La pata la estoy perdiendo. Cada vez que la miro es más pequeña. Son las siete y mis dueños se levantan juntos. Eso no pasaba desde la guerra. Me miran. Se acercan a mi pata. Mi dueña me coge la mano. Un placer señora. Se la estrecho. Bajamos al parque los tres. Espero encontrarme a la caniche. No está. Olisqueo un rato el regalito del pitbull. Es el guaperas del barrio pero tiene pulgas y todos lo sabemos. Subimos por la escalera. Me duele la mano. Está colorada y sucia. Mi dueña se va a la cocina a por un cubo con agua. Mi dueño la sigue y cuchichean. No oigo lo que dicen. Vienen los dos a lavarme la mano. Gritan. Ambos. Parece que tengo otra mano brotando. Se miran. Dudan de si volver al veterinario. Al final duermo en la alfombra hasta las tres.

Hoy ya han pasado dos días desde mi primera mano. Las patas delanteras se largaron. Me las busco pero no están. Parece que no vamos a bajar a la calle. Mi dueña me ha puesto un barreño con arena. Se habrá vuelto loca ¿se pensará que soy un gato? No me gusta y paso sin mirarlo. A las ocho de la tarde no puedo aguantar más y lo hago en el parquet. Lo pongo perdido y mi dueño corre a limpiarlo antes de que lo tenga que hacer ella. Curioso. Me riñen y me bañan. Esto es novedad. El spa está a dos manzanas, nunca he probado esta ducha. Están muy raros. Mi dueño prepara una toalla en el salón cerca del radiador. Se arrodillan los dos y vuelven los gritos. Ya sé, ya sé, otras manos. Parece que no, que son dos pies. Ellos aplauden. Creo que están perdiendo la cabeza.

Me despierto de madrugada con hormigueo en las manos. Una mala postura. Me rasco y me quito las lagañas con un dedo. Esto es vida. Pasa el día sin incidentes. Ya me he acostumbrado a hacerlo en la caja de gato. Duermo lo que me parecen días. Cuando me escapo del sueño estoy entumecido. Al frente mis dueños con la boca abierta. Me miran como a un bicho raro. Me levanto para darles la espalda , me tambaleo y caigo al suelo. Resulta que ahora tengo piernas y tengo brazos. Son cortos y rechonchos. Mi dueña me sonríe, se arrodilla y me abraza. Llora. Mi dueño la abraza con una sonrisa boba. Gateo a cuatro patas por el pasillo y bebo. Más pelos en el agua. Mi dueña se pasa el día con la aspiradora. Él cocinando y haciendo la colada. Esta gente no está bien.

He sentido el frío. Miro a mi derecha. El radiador sigue encendido. Estoy helado. Son las siete y ya huele el café. Huelen las tostadas. Voy hasta la cocina con la esperanza de pillar alguna miga. Levanto la cabeza. Qué bien huele. No puedo verlas pero están ahí. Me estiro, me tambaleo y consigo ponerme en pie. Con las manos me agarro a la encimera y por fin las veo. Ahí están. Dos rebanadas perfectas, calientes y humeantes. Alargo el brazo y cojo una. Me escapo corriendo al salón. No me ha visto nadie. Me meto debajo de la mesa y me como el pan como si no hubiera un mañana. Aparece la loca y me coge en brazos. Estoy muy lejos del suelo. Tengo vértigo. Me acuna. Sus brazos son cálidos. Canta y se balancea y me quedo dormido.

Por la tarde abro los ojos en el sofá. Esto sí que es un lujo. Maravillas de la viscoelástica. Ya no tengo frío. Me desperezo, estiro los brazos y me quito las lagañas. He chocado con algo. Mi hocico no está. En su lugar una nariz. Esto tengo que verlo. Respiro e hincho las aletillas mientras voy en busca del espejo. Delante del cristal, me siento triste por primera vez en mi vida. Mi pelo se ha caído. Noto un nudo en la garganta. Dos lágrimas brotan de mis ojos. Soy calvo. A los séis años ya soy calvo. Estoy deprimido y me acuesto en el sofá.

Me despierto con murmullos y risas de fondo. Oigo a mis dueños en algún lugar. Parece que están en el dormitorio. Bajo del sofá y doy vueltas al salón. Aparece mi dueña abrochándose la bata. Lleva el pelo revuelto y una sonrisa que no entiendo. Detrás él, con el mismo gesto. Creo que no tardaré en ver cómo se los llevan al manicomio. Paso de ellos y corro hasta el pasillo. Miro alrededor ¿y mi pienso? ¡Oh, mierda! Tampoco hay agua. Mi dueña sale de la cocina y me pone un vaso en una mano y un sándwich en la otra. Bien. Me lo como como las balas y me bebo el agua. Los dos me dan las manos, me llevan hasta una habitación. Me suben en la cama. Me arropan. Se sientan a mis pies y me sonríen. Se sonríen. De nuevo desaparecen en su dormitorio.