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domingo, 28 de diciembre de 2014

Andersen, el otro vecino

Hoy he descubierto que tengo un vecino nuevo. Subía esta mañana del paseo de Tara, mi perrita enferma y me topé con él. Quién es este tío, pensé. Estaba frente a la puerta de mi casa. Vi su espalda encorvada y escuálida, y aunque no se le veía agraciado la sorpresa ha sido cuando se ha dado la vuelta. Menuda nariz. De su cara horrorosa emanaba como una cascada una trompa mayúscula. Cuando se ha girado he tenido que dar un paso atrás por miedo a que me ensartase con ella. Y la verdad es que su cara tampoco ayudaba ¡Menudo fantoche! Al principio no sabía si me había visto desde esos ojos diminutos que acentúan su miembro olfativo. Cuando me ha mirado no podía retirar los ojos de esa montaña. Buenos días tenga usted, vecino—me ha soltado, casi con una reverencia. Qué tipo más raro, lo que me faltaba otro fantoche vago en la comunidad. Iba vestido con un traje sacado del baúl de otro siglo y lucía una pajarita roñosa. Su frente era despejada y unos ridículos rizos le tapaban el cuello. Buenas, he tenido que contestarle. Ganas me han dado de decirle, a mí no me cuentes cuentos. A mí que no me gusta hablar con los vecinos hipócritas y gandules. No los soporto. No entiendo esa cordialidad que se fragua en la vecindad como sacada de algún cuento infantil. Esa felicidad falsa que se queda en el rellano cuando todos cerramos la puerta y que se evidencia en las madrugadas en las que cogería al niño de los de arriba y lo amordazaría. Un nuevo vecino supone nuevos problemas, nuevos horarios, puertas que se abren y cierran a deshoras, visitas multitudinarias, ahora que yo lo tengo claro, llamo a la policía y santas pascuas. Aunque para ser honesto, no parece muy sociable. Más bien resulta solitario, como un trotamundos venido de otra época. Cuando he llegado a casa mi mujer no ha tardado en hablarme de él.

— ¿Sabes, Alfonso, que tenemos vecino nuevo? Otra vez. Yo te digo una cosa, que no haga fiestas raras que yo no lo aguanto. Se lo digo a la presidenta pero ya. Pepa, la de Juan, dice que es escritor. Escritor de qué, con esa cara que tiene.

—Ya me lo pensaba, otro vividor vago. ¿Has visto qué feo es el tío?

—Como no lo voy a ver. Madre mía, con la nariz que tiene. Alfonso, a mi no me da buena espina, es muy raro. Esta tarde se lo dije a la señora Ana, de la mercería. Tiene pinta de delincuente. Además qué hace en este barrio, a ver. Que no, Alfonso, que este tipo esconde algo. Tendremos que estar atentos porque no me fío.

—No te preocupes, Manuela. Si se pone a malas ya sabemos qué hay que hacer, a mí no me tiembla el pulso.


El día de fin de año a las seis, mi hija Ariel, trajo a mis nietos, Carlos y Margarita. Esos sí que son ángeles.  Con ocho y seis años están hechos unos granujas. Lástima que los veo tan poco desde que mi hija y yo no nos hablamos. Hace algunos años, cuando me dijo que se iba a casar con ese soldado patán, entré en cólera. Ella decía que estaban enamorados. Era un imbécil que la engatusó con sus rollos románticos. Escribió por ahí que mi hija era una sirena que lo salvó de morir ahogado en un mundo que era el suyo y que, desde entonces, había quedado prendado de ella ¡Menuda tontería! Él no me gustaba y no sé todavía qué es lo que me provocó este rechazo, siempre tuve la extraña sensación de que junto a él no tendría un final feliz. A mi hija no la comprendía. Ese cambio repentino me pilló por sorpresa y me sentí profundamente decepcionado. No entendía cómo, después de tantos años de esfuerzo, era capaz de abandonar su carrera de bailarina, así a las primeras de cambio. Era su sueño. La recuerdo con sólo ocho años. Bailaba por la casa con esas zapatillas rojas que le habían regalado. Desde entonces no pudo parar. Siempre pensaba en el baile. Y dedicó todos esos años de su vida a convertirlo en su profesión, hasta que llegó él. No la he visto en años. Sólo habla con su madre desde entonces y nos trae a mis nietos dos veces al mes y en algunas fiestas. Ella se queda en la calle y no sube, aunque su madre le ha insistido mil veces. Reconozco que soy terco y me cerré en banda. Nunca dejé que ese soldado plomazo pisara esta casa. Y así fue cómo la perdí. Han pasado muchos años y el orgullo de ambos nos mantiene lejos, distantes y desconocidos.

—Alfonso, ya suben los niños. Corre, ves a recibirlos.

Abuelo, abuelo, me gritaban mis pequeños y aunque esos momentos son los mejores de mi vida no he necesitado nunca reprimir las lágrimas. Al contrario que mi mujer, mi corazón se ha vuelto de plomo y ya no siente. Les quité las chaquetas forradas de borrego blanco y las colgué en mi cuarto. Los niños empezaron pronto a correr por la casa dando saltitos. No tardamos en sacar el cotillón para que quedara esparcido, minutos después, por todo el suelo. Guirnaldas y confeti se me enredan a cada paso y parecen instalarse en la casa y perdurar durante semanas. Mi mujer preparaba la cena en la cocina con gestos mecánicos. Su semblante era triste, en el fondo, aunque ella se esforzaba en disimularlo. Tenía todo listo para que la sopa y el pavo estuviesen en su punto en media hora. Me senté en el balancín de color café, reposé los brazos y apoyé la cabeza en el respaldo. Me gustaba oír a los niños corretear por la casa y pararse a veces delante de mí a enseñarme el nuevo juguete que les había traído el “Tió” de parte de la abuela. Sonó el timbre cuando la cena estaba en la mesa. Mi mujer me miró y yo hice lo mismo con sorpresa. Fui hasta la puerta, con paso lento, pensaba que con un poco de suerte al llegar y abrir la puerta, ya no habría nadie tras ella, pero me equivoqué. Giré la llave y deslicé la maneta. Frente a mí, apareció el vecino, vestido con un batín de “boatiné” y el rostro sereno. Me quedé callado a la espera de que hablara y finalmente, tras varios segundos de escrutinio dijo:

—Buenas noches, caballero. Quería informarle que encontré en la escalera algo que le pertenece—dijo sosteniendo la llave de un coche.

—Perdone pero eso no es mío—le contesté con la mano en la puerta preparado para darle con ella en las narices.

—Oh, ya lo creo que sí. Mírela bien. ¿No cree que pertenezca a alguien de la familia?

Volví a mirar el objeto sin prestar demasiada atención. Era una tarjeta negra. Intenté hacer memoria de mis conocidos, pero no encontraba a nadie que pudiera ser el propietario. Después de unos segundos de silencio, mi vecino me explicó:

—Verá, señor, es mi deber aclararle que el cachivache en cuestión pertenece a su hija. Lo encontré en el rellano junto a un monedero cuando me disponía a entrar en casa. Suerte ha tenido de ser yo quién lo encontrara, claro está. Mucha suerte. ¿Podría usted llamar a su hija para ponerla en sobre aviso?

Me quedé un instante mirándolo con cara de perro, hasta que entendí por su expresión que era nuevo en el vecindario y que era prácticamente imposible que supiera de mi situación familiar. Mi semblante se tornó triste en ese instante en el que pronunciaba:

—Me temo, que eso no va a ser posible.

El señor narigudo sonrió por primera vez. Miró hacia su derecha con ademán de compartir la complicidad de su sonrisa, gesto que me desconcertó.

—Pues fíjese que yo creo que tampoco hará falta.

Mi vecino tiró de la mano de alguien que había a su derecha, de cuya presencia no me había percatado hasta entonces. Delante de mí estaba Ariel. Mi hija tenía las mejillas mojadas y los ojos enrojecidos. Parecía haber estado llorando largo rato. No supe reaccionar. Ella se me echó encima y no pude más que estrecharla entre mis brazos. Suspiré tan profundamente que exhalé por fin toda la rabia contenida todos estos años. Sólo estábamos ella y yo. Abrazados frente aquel hombre que me la había devuelto, a espaldas de mi mujer que se había colado en la escena desde hacía algunos minutos. Y esta vez no pude reprimir las lágrimas. Todas y cada una, retenidas en este cuerpo fluyeron sin control. Lejos quedaron el orgullo y los reproches de antaño, la ira y la decepción.

—Gracias—alcancé a decir, con la mirada húmeda.

Aquel señor giró tras sus pasos y se metió en su casa. Pasamos dentro y no nos dijimos nada. No hacía falta.  Ya en la mesa mi hija nos explicó cómo se habían sucedido las cosas. La escuché paciente contestar a las preguntas de su madre.

—Pues, mamá, perdí las llaves y el monedero. Cuando llegué al coche estuve dando vueltas alrededor pero no aparecían. Volví a desandar el camino hasta aquí. Sin embargo fui incapaz de entrar al portal. Me entró el pánico ¿Y si papá bajaba a buscar algo? ¿Y si bajaba a pasear a Tara? Me quedó postrada en el portal sin aliento. ¿Dónde iba a ir? Manuel y yo nos separamos el verano pasado. Sí, ya sé que no te lo había dicho pero no quería escuchar “te lo dije”. Además no hay nada que contar. Los niños y yo estamos bien. Después de media hora apareció un señor, ese vecino con cara de buena persona. No me dijo nada. Se sentó a mi lado y esperó. Estuvimos una hora en silencio. Al final me enseñó mi documentación y la llave del coche. Me hizo subir a su casa, ¿sabes? Tiene un hogar como de otra época. Charlamos mucho rato y me contó una historia. Me explicó que él no tenía familia y que nadie quería formar una con él. Se le ve un hombre triste. Le conté mis cosas, porque me sentía en deuda con sus secretos. Me dio un té y sin decir nada más me condujo hasta aquí, como se conduce a una niña sonámbula hasta la cama.

En aquel momento entendí que había sido un estúpido con mi vecino y con su nariz. Ahora ya no me parecía tan ridícula. Tenía tanto que agradecerle que me sentí mal por él. Después de comentarlo con la familia decidimos picar a su puerta. Después de todo, era él quien había conseguido el reencuentro. Nos plantamos delante de su casa mi mujer, mi hija y yo. Allí nadie abría la puerta. Tras varios intentos desistimos y celebramos el fin de año, como si nunca lo hubiésemos hecho separados. A la mañana siguiente las vecinas nos contaron que la policía había retirado un cuerpo congelado en la entrada al edificio. Al parecer era el nuevo vecino. No supimos nunca por qué falleció. Se lo encontraron rodeado de cerillas consumidas.

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